LA PAUSA: volver sin volver a correr

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Septiembre llega con su particular manera de decirnos que ya es hora.

Hora de volver.
De madrugar.
De organizar.
De llevar, traer, contestar, apuntar, reservar, empezar.
Vuelta al cole. Vuelta al trabajo. Vuelta a las rutinas. Vuelta a las actividades, a los horarios, a las listas de pendientes.

Septiembre parece venir acompañado de un movimiento casi obligatorio, como si después del verano tuviéramos que ponernos inmediatamente en marcha. Pero, ¿y si este año hacemos algo diferente? ¿Y si, en lugar de volver a correr, nos permitimos hacer una pausa?

Parar no siempre es descansar

El verano, en teoría, es ese momento del año en el que podemos parar. Tenemos vacaciones. Más horas de luz. Menos obligaciones. Días largos. La posibilidad de cambiar de ritmo.

Pero no siempre paramos. A veces cambiamos unas obligaciones por otras. Llenamos los días de viajes, planes, comidas, cenas, encuentros, excursiones, conciertos, terrazas, noches largas… Queremos aprovechar cada minuto porque, al fin y al cabo, «es verano».

Y acabamos llegando a septiembre cansados. Quizá no por haber hecho demasiado trabajo, sino por haber hecho demasiado de todo.

Más comida.
Más bebida.
Más horarios alterados.
Más estímulos.
Más pantallas.
Más ruido.
Más planes.

Incluso el descanso puede convertirse en una forma de exceso. Y esto nos invita a preguntarnos qué significa realmente descansar. Porque descansar no es solamente dejar de trabajar. Descansar también es dejar de hacer.

La pausa no es un vacío

Vivimos en una cultura que valora mucho el movimiento. Hacer. Avanzar. Aprovechar. Ser productivos. No perder el tiempo. Incluso nuestro tiempo libre parece necesitar un propósito. Leer un libro. Hacer deporte. Viajar. Aprender algo. Cocinar. Ver una serie. Quedar con alguien. Conocer un sitio nuevo. Todo puede convertirse en una actividad.

Y entonces la pausa puede resultar incómoda. Porque la pausa no tiene un resultado inmediato. No produce nada que podamos tachar de una lista. No siempre se puede fotografiar, medir o compartir.

La pausa es, precisamente, ese espacio en el que no tenemos que hacer nada. Un momento sin exigencia. Un espacio para que el cuerpo baje el ritmo y la cabeza deje, poco a poco, de anticiparse a lo siguiente.

Septiembre también puede ser un momento para escucharnos

Quizá septiembre no tenga por qué significar volver a la velocidad anterior. Puede ser una oportunidad para preguntarnos:

¿A qué ritmo quiero vivir los próximos meses?

No se trata de hacer menos por obligación. Ni de convertir la pausa en otra tarea pendiente. Se trata de recuperar la capacidad de reconocer cuándo necesitamos parar.

Una comida sin mirar el reloj.
Un paseo sin destino.
Un rato sin teléfono.
Una mañana sin planes.
Cinco minutos de silencio.
Respirar antes de responder.
Dejar un espacio vacío en la agenda.
Pequeños gestos que parecen insignificantes, pero que pueden cambiar la manera en la que
habitamos nuestros días.

Reivindicamos la pausa

Desde SHIEKO queremos reivindicar la pausa. No como una recompensa después de haberlo hecho todo. No como algo que nos ganamos cuando terminamos nuestras obligaciones. Sino como una necesidad.

Porque nuestro bienestar también necesita espacios sin estímulos. Porque el cuerpo necesita recuperar su propio ritmo. Porque la mente necesita momentos en los que no tenga que resolver nada. Y porque quizá vivir bien no consista en llenar cada espacio de nuestra vida, sino también en aprender a dejar algunos espacios vacíos.

Septiembre nos invita a volver. Nosotros queremos proponer otra cosa: volver a nosotros.

Antes de llenar la agenda, dejar un hueco. Antes de acelerar, respirar. Antes de empezar, parar. Hacer una pausa también es hacer. Y quizá sea una de las cosas más necesarias que podemos hacer.

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